Los dólmenes — construcciones imposibles del pasado
Este artículo está dedicado a un fenómeno conocido como los dólmenes. Se encuentran en todo el mundo, con diferentes formas y métodos de construcción, pero todos comparten algo en común: nadie puede afirmar con certeza quién los construyó ni con qué propósito.
Contenido
He realizado mi propia investigación, estudiando numerosos dólmenes que hoy quiero mostrarte. Pero antes de pasar a los ejemplos, me gustaría comenzar con mi propia clasificación.
Clasificación de los dólmenes
Propongo clasificar los dólmenes según su método de construcción. Algunos están formados por grandes losas de piedra ensambladas entre sí. Otros, menos comunes, están hechos con bloques pétreos. Y existe un tercer tipo, el más enigmático a mi parecer: los dólmenes tallados en un solo bloque macizo de roca.
Precisamente este tipo me hizo preguntarme qué tipo de tecnología poseían los antiguos constructores. Levantar un dolmen a partir de losas parece lógico, aunque requiera un enorme esfuerzo: las piezas debían encajar con gran precisión, una auténtica tarea de ingeniería. Sin embargo, dentro de lo difícil, eso resulta comprensible.
Construir un dolmen con bloques también parece razonable, aunque en algunos casos los bloques son de tamaño colosal (más adelante hablaré de Cueva de Menga). Por ejemplo, los dólmenes Armonía y Posibilidades Ocultas están formados por bloques independientes sin ningún tipo de argamasa. Las piedras son enormes, pero en principio una persona podría hacerlo con tiempo, seleccionando materiales similares, puliendo aquí y allá, y formando la estructura.
Aun así, la gran pregunta sigue siendo: ¿para qué?
Existen otros, como el dolmen Corazón de la Madre, que puedes ver en el vídeo anterior. Está hecho de una sola piedra cubierta por una losa superior. Es decir, los constructores antiguos tomaron un bloque gigantesco de roca, eliminaron todo lo que sobraba y así obtuvieron el cuerpo del dolmen, que luego cubrieron con una tapa. ¿Por qué hacerlo de esa manera? Es un proceso increíblemente laborioso.
También existen dólmenes tallados directamente en la roca, integrados en la montaña misma. Alguien dio forma a la roca, abrió el característico orificio circular y, por lo visto, extrajo el material del interior a través de ese mismo hueco. ¡Una tarea colosal!
Creo que es imposible hacerlo con herramientas primitivas: el orificio es demasiado pequeño para trabajar desde dentro, y no conocemos instrumento capaz de excavar piedra con esa precisión. Incluso con la tecnología moderna sería extremadamente difícil.
Y, sin embargo, ahí están. Alguien los construyó.
Cuando los observo, tengo la sensación de que para aquellos antiguos constructores nada de esto era un problema. Usaban otro tipo de tecnología —una que nosotros ya no poseemos—. Podían levantar dólmenes de losas, de bloques o directamente tallarlos en la roca, y parece que, para ellos, todos estos métodos requerían el mismo esfuerzo.
El dolmen más grande del mundo
En la foto aparece el dolmen más grande del planeta: Cueva de Menga, en Antequera (España). Está construido con enormes losas megalíticas. Observa sus proporciones: dentro pueden caminar tranquilamente varios grupos de turistas al mismo tiempo.
En su interior se han encontrado rastros de actividad humana, lo cual no sorprende. En mi opinión, los antiguos simplemente lo usaron como refugio, almacén o vivienda. Pero ¿fueron ellos quienes lo construyeron? Personalmente, lo dudo mucho.
Según la versión oficial, fue edificado entre los años 3800 y 3400 a. C., una época en la que —según la arqueología— las personas apenas empezaban a construir casas de madera y barro. Y, sin embargo, aquí tenemos un dolmen formado por bloques de hasta 180 toneladas, perfectamente encajados sin utilizar mortero alguno.
En la misma región existen otros dos dólmenes: Viera y El Romeral. Pensar que todos fueron levantados simplemente para vivir dentro de ellos resulta sumamente improbable.
Otra característica sorprendente del dolmen de Cueva de Menga es que desde su cámara interior desciende un pozo excavado en la roca, de casi veinte metros de profundidad —aproximadamente la altura de un edificio de siete plantas—. ¡Y eso en tiempos prehistóricos!
Incluso los historiadores oficiales reconocen que el origen de esta estructura no está del todo claro. Sus conclusiones son, en el mejor de los casos, conjeturas razonables.
Los dólmenes de Crimea
En Crimea también se han descubierto numerosos dólmenes, aunque estos difieren notablemente de los del Cáucaso y de otras regiones. No poseen el característico orificio circular y, en esencia, son cajas de piedra completamente cerradas. Las pesadas losas se colocaban con precisión, formando estructuras que en la antigüedad se conocían como “cajas de piedra de los tauros”.
Sin embargo, ni siquiera hoy gozan de reconocimiento oficial. Los dólmenes crimeos siguen prácticamente desprotegidos por la ley. Hace apenas unas décadas, ni siquiera se consideraban monumentos arqueológicos, y por eso muchos fueron saqueados o destruidos. La gente los desmantelaba para usar las piedras en los cimientos de sus casas o dachas.
La mayoría de los dólmenes crimeos han perdido su techo —la parte más fácil de desmontar y transportar para reutilizar en la construcción—. Casi todos hoy están abiertos al cielo. Según una de las hipótesis, en su interior se habrían guardado objetos valiosos, lo que explicaría por qué fueron saqueados.
En mi opinión, es muy probable que esos tesoros fueran colocados allí por personas de épocas posteriores, que usaron las cajas de piedra como escondites para proteger sus pertenencias más preciadas.
Finalidad de los dólmenes
Existe una versión oficial según la cual los dólmenes eran construcciones funerarias. Esta interpretación se basa en el hallazgo de huesos humanos y animales dentro de ellos. Pero esa explicación parece demasiado superficial.
Es más probable que pueblos posteriores, al no comprender el verdadero propósito de estas estructuras, las consideraran sagradas y las usaran para entierros. De ahí la presencia de huesos, no porque los dólmenes se diseñaran originalmente como tumbas.
Entonces, ¿qué eran realmente estas construcciones? Nadie lo sabe con certeza. Existen innumerables teorías: desde leyendas que hablan de moradas de enanos hasta hipótesis sobre dispositivos tecnológicos o “lugares de poder” de carácter esotérico. Como aún no existe una explicación convincente, todas las versiones siguen siendo posibles.
Mi teoría personal es que el dolmen era un dispositivo técnico. Estoy convencido de que su función no estaba relacionada ni con la vivienda, ni con el almacenamiento, ni con los entierros.
Quizás en el futuro logremos comprender cómo las estructuras de piedra de esta forma interactúan con el sonido, la luz o el campo magnético, y qué efectos producen esas interacciones. No descarto que un dolmen haya sido el armazón de algún tipo de mecanismo de comunicación o transmisión de energía.
Para entender lo fácil que es equivocarse en la interpretación, imaginemos una cabina telefónica moderna. Supongamos que ocurre una catástrofe, pasan los siglos y una nueva humanidad —ya sin tecnología— descubre una caja metálica de forma extraña.
Podrían pensar que se trata de un lugar sagrado y empezar a usarlo para entierros. Les parecería evidente que fue hecho por alguien más avanzado.
Así mismo ocurre con los dólmenes. Su verdadera finalidad sigue siendo un misterio. Podrían haber sido instrumentos de comunicación, convertidores de energía o algo completamente distinto. Hoy sólo tenemos hipótesis.
Algunos investigadores los llaman “lugares de poder”; otros proponen explicaciones más terrenales, como que servían para conservar alimentos. Esta última idea se apoya en el hecho de que algunos dólmenes conservan su tapón de piedra original.
Tuve la suerte de encontrar uno así en la montaña Tsygankovo, en la región de Krasnodar. Es un lugar verdaderamente extraordinario.
Incluso los guías locales afirmaban que ya era imposible ver un dolmen con su tapón original: todos habían sido robados o guardados en museos. Sin embargo, yo logré encontrar uno —y lo fotografié como prueba.
Existe una hipótesis popular según la cual los dólmenes servían como una especie de “refrigerador” natural en invierno: se colocaba carne en su interior, se sellaba con un tapón de piedra y así se conservaba protegida de los animales.
La explicación suena lógica, pero resulta demasiado simplista. La complejidad arquitectónica de un dolmen es excesiva para algo tan banal como almacenar comida. Además, existen dólmenes en regiones donde el calor es constante todo el año, y ningún alimento podría mantenerse allí más de unos pocos días.
Por eso los dólmenes siguen siendo uno de los grandes enigmas del mundo antiguo: testigos silenciosos de tecnologías cuyo sentido aún no hemos logrado descifrar.
Símbolos y tecnología
La llamada “Aldea de los Dólmenes” es uno de esos lugares donde literalmente se siente el aliento de la antigüedad. Entre colinas y bosques se alzan múltiples construcciones de piedra, dispuestas unas junto a otras.
Sus formas varían, pero todas comparten algo en común: carecen de inscripciones, números o símbolos reconocibles que puedan relacionarse con una escritura conocida. En ocasiones aparecen algunos signos raros —delicados, precisos, trazados con una notable sensibilidad estética—. A mi juicio, esto refuerza la idea de que no se trataba de monumentos rituales, sino de estructuras con una función técnica.
En una de las losas, por ejemplo, se aprecian símbolos tallados. Podrían haberse grabado fácilmente con una herramienta afilada, pero los antiguos artesanos eligieron otro método: retiraron toda la capa superior de la piedra, dejando en relieve las líneas de los signos. Un trabajo increíblemente laborioso. ¿Por qué complicarse tanto? Podrían haberlo hecho de manera más simple. Evidentemente, para ellos no suponía ninguna dificultad. Debían poseer una tecnología capaz de eliminar capas de roca con una facilidad que hoy nos resulta inconcebible.
Nadie sabe exactamente cómo lo lograron. Algunos investigadores hablan de herramientas similares a un láser; otros defienden la llamada “teoría plástica”, según la cual la piedra podía ablandarse temporalmente, moldearse y volver a endurecerse después.
Sea como fuere, todo son conjeturas. Ningún experto puede afirmar con certeza cómo se consiguieron tales resultados. Y aunque algunos aseguren tenerlo claro, personalmente mantengo mis dudas. Por ahora, los dólmenes siguen siendo uno de los misterios más profundos de la humanidad.
Existe, además, un estudio curioso en el que un científico superpuso el mapa de los dólmenes del Cáucaso sobre el de las fallas geológicas. Según sus observaciones —que aún no he podido verificar—, los dólmenes se alinean siguiendo con precisión las fracturas de la corteza terrestre, como si fueran cuentas ensartadas en un hilo invisible.
Hoy en día, la mayoría de los dólmenes se encuentran en lugares apartados: cauces de ríos secos, bosques espesos o colinas alejadas de cualquier carretera. Llegar hasta ellos no es tarea fácil. Sin embargo, algunos se han convertido en destinos turísticos, y eso es algo positivo. Poco a poco, el Estado empieza a reconocer el valor de este patrimonio ancestral, promoviendo su conservación y estudio.
Durante la época soviética, la situación era totalmente opuesta. Muchos dólmenes fueron destruidos por completo: arrasados por maquinaria al construir carreteras o campos agrícolas. Como no tenían estatus de monumento histórico, sus piedras se reutilizaban sin consecuencias: servían para cercas, cimientos e incluso garajes. Sorprende pensar que todo esto ocurrió no hace tanto tiempo.
En Europa —por ejemplo, en España— los dólmenes están protegidos desde hace décadas y forman parte del patrimonio cultural. Se han creado complejos turísticos enteros en torno a ellos, y miles de visitantes acuden cada año a contemplar estos portales de piedra milenarios.
En cambio, en los países de la antigua Unión Soviética esta conciencia apenas empieza a desarrollarse. En Crimea, lamentablemente, la situación sigue siendo crítica: muchos dólmenes están medio enterrados, cubiertos de vegetación y completamente desprotegidos. Cualquiera puede acercarse y desmontarlos piedra a piedra.
Algunos de estos dólmenes han quedado dentro de zonas habitadas: rodeados de casas, cercas y pequeños edificios. Aun así, siguen siendo testigos únicos del pasado y merecen protección.
Confío sinceramente en que, con el tiempo, la situación cambie y que los dólmenes sean finalmente reconocidos por el Estado como parte de nuestro patrimonio megalítico.
Son estructuras realmente extraordinarias, creadas por maestros desconocidos de una época remota. Debemos preservarlas, estudiarlas y transmitirlas a las generaciones futuras.
Con esto termina mi opinión personal. Ahora pasemos a lo que dice la ciencia oficial sobre estos enigmáticos monumentos de piedra.
Geografía de los dólmenes
Los dólmenes se encuentran en una amplia zona que abarca desde el Atlántico hasta Asia Oriental y Oriente Medio. En Europa, grandes concentraciones se localizan en Francia, España y Portugal, así como en Irlanda, Gran Bretaña, Dinamarca, Alemania y Suecia.
En Asia, una de las mayores concentraciones del mundo se encuentra en la península de Corea, donde los goindol representan una gran parte de todos los monumentos conocidos y están incluidos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO (Gochang, Hwasun y Ganghwa).
En Oriente Medio, los dólmenes están documentados en el Levante, especialmente en Jordania (región de Murayghat), y datan de la Edad del Bronce Temprano. En Rusia son abundantes en el Cáucaso Occidental —en Krasnodar, Adigueya y Abjasia—, con tradiciones locales bien documentadas.
También existen en Turquía (Tracia Oriental, región de Kars y el arco del Éufrates medio) y en la India, donde numerosos megalitos, incluidos dólmenes, se han hallado en las colinas de Nilgiri y en el sur del subcontinente.
Construcción y arquitectura de los dólmenes
En la arqueología oficial, los dólmenes se clasifican según su diseño arquitectónico: cámaras simples de losas, construcciones compuestas, formas de corredor y variantes monolíticas.
El esquema básico incluye losas verticales —u ortostatos— que forman las paredes de la cámara y una gran piedra de cubierta (capstone) que cierra el espacio interior. A menudo presentan un orificio de entrada con una piedra-tapón, y en los casos más complejos, un pasillo corto o dromos.
Para su construcción se empleaban materiales locales —arenisca, granito, caliza o cuarcita—, y su tamaño varía desde pequeñas cámaras hasta estructuras con techos que pesan decenas de toneladas.
En muchas regiones, la orientación de las entradas hacia el este o el sureste parece reflejar una relación simbólica con las creencias rituales y cosmológicas de las comunidades que los erigieron.
Versión oficial de la ciencia
Dentro del consenso académico, los dólmenes se interpretan principalmente como estructuras funerarias —sepulcros colectivos o familiares—, hipótesis respaldada por hallazgos de restos humanos, cerámica, ornamentos y otros objetos dentro de las cámaras.
Su aparición se asocia con el desarrollo de sociedades agrícolas sedentarias, el fortalecimiento del culto a los antepasados y la consolidación de jerarquías sociales más complejas. Muchos dólmenes muestran signos de reutilización prolongada para enterramientos sucesivos.
Otras interpretaciones —como las funciones rituales o astronómicas— se consideran posibles, pero complementarias a su papel funerario principal.
Simbolismo y orientación de los dólmenes
La orientación de muchos dólmenes hacia la salida del sol se interpreta como una manifestación simbólica del ciclo de la vida, la muerte y el renacimiento, conceptos fundamentales en las creencias del Neolítico y la Edad del Bronce.
El orificio circular en la losa frontal se considera un símbolo del “paso” entre el mundo de los vivos y el de los antepasados. Además, la ubicación de estas estructuras en puntos dominantes del paisaje indica que también cumplían una función conmemorativa o ritual dentro de la comunidad.
Los dólmenes en la cultura y las leyendas populares
El folclore asociado a los dólmenes es inmensamente rico y diverso.
En Francia (Bretaña), las tumbas de galería y los dólmenes se conocen como La Roche-aux-Fées —la Roca de las Hadas— y se dice que fueron construidos por seres sobrenaturales en una sola noche. Las parejas de enamorados acuden a ellos para probar su unión contando las losas.
En Portugal, los términos anta, Forno dos Mouros (“Horno de los Moros”) y Pedra dos Mouros (“Piedra de los Moros”) evocan la memoria de antiguos constructores legendarios.
En Irlanda, las tumbas de portal reciben el nombre de “Las camas de Diarmuid y Gráinne”, vinculadas a la leyenda de dos amantes que dormían en distintos dólmenes mientras huían de sus perseguidores; por ello se asocian con la fertilidad y el matrimonio.
En Gales y Cornualles, muchos dólmenes son conocidos como quoit o “Piedra de Arturo”, vinculándolos con las gestas del rey Arturo.
En Dinamarca, el término jættestue —“habitación de los gigantes”— refleja la creencia de que fueron obra de seres colosales, mito que también aparece en los hunebedden de los Países Bajos.
En Corea, los dólmenes (goindol, “piedra sostenida”) son símbolo nacional y parte integral de la educación y la cultura popular.
En Jordania se conocen como “tumbas de piedra”, asociadas con ritos funerarios de la Edad del Bronce.
En el Cáucaso ruso, los nombres tradicionales conservan el mismo sentido espiritual: en Abjasia psaun significa “casa del alma”; entre los adigues, ispyun o spyun; y entre los kabardinos, isp-uné. En el folclore ruso del siglo XIX se hablaba de “casas de héroes”, “chozas del diablo” o “casas de los abuelos”, expresión de la idea de que su origen era sobrehumano.
En Turquía, donde también existen dólmenes en Tracia y Kars, se les conoce popularmente como tumbas antiguas, mientras los arqueólogos destacan la variedad de sus formas y cronologías.
A través de todos estos relatos —hadas, gigantes, héroes, moros o almas— se repite un mismo hilo simbólico: la memoria de los antepasados, el límite entre los mundos y la fuerza misteriosa de los antiguos constructores.
Conclusión
Los dólmenes son monumentos megalíticos majestuosos y enigmáticos, guardianes silenciosos situados entre el mito y la historia. Su propósito, su edad exacta y la tecnología de su construcción siguen siendo un enigma.
Quizá en estas piedras se escondan las respuestas sobre civilizaciones que existieron mucho antes de lo que imaginamos. Tal vez un día logremos descifrar los secretos que los dólmenes han guardado durante milenios.
Seguiré investigando y ampliando el catálogo con nuevos descubrimientos. Es el camino que siempre he querido recorrer.
El único obstáculo hoy es el aspecto financiero de las expediciones. Por eso, si puedes apoyar este proyecto, tu ayuda se destinará íntegramente a futuras investigaciones, cuyos resultados compartiré contigo.
Gracias por leer este artículo.
Te habló Zvonarov —seguimos en contacto.