Jerusalén antigua
Jerusalén antigua guarda algunos de los vestigios más imponentes de la historia. Sus muros y estructuras revelan una técnica de construcción que sorprende incluso hoy. Este conjunto arqueológico se encuentra en el corazón de Israel y mantiene un aura de enigmas aún no resueltos. La monumentalidad de sus piedras y la incertidumbre de su origen lo convierten en un destino único para exploradores y estudiosos.
En mi opinión, el mayor enigma, del que rara vez se habla, radica en que el Monte del Templo parece haber sido cortado, y desde su base comienza un muro. En esencia, se trata de una construcción gigantesca, gran parte de la cual no vemos. Así lo demuestran los niveles de la mampostería que descienden profundamente. Además, cuanto más bajos son los niveles, mayor es el tamaño de los bloques. Hoy en día, el acceso turístico está muy restringido e incluso los arqueólogos no pueden entrar en muchas de las cámaras subterráneas. Mi experiencia en el estudio de estructuras similares sugiere que precisamente allí se esconde un legado colosal de la antigüedad.
El tamaño del complejo impresiona tanto como la magnitud de los bloques megalíticos. Cuando se desciende y se camina junto a estos muros, resulta difícil creer la magnitud del trabajo que se llevó a cabo. Todos los bloques están encajados entre sí sin el uso de mortero, tienen la misma altura y anchura, y además presentan un bisel, lo que hace que su proceso de elaboración sea especialmente laborioso. Cada elemento tuvo que ser tallado con una precisión de orfebre para encajar perfectamente con los vecinos. Las juntas son tan exactas que no pasa ni una aguja. Esto no solo impresiona, sino que asombra. La estructura se mantiene en pie desde hace miles de años, a pesar de cataclismos y restauraciones. Y considero que el misterio de este complejo está lejos de resolverse: todavía no entendemos qué tecnologías se usaron para crear estos megalitos ni cómo datarlos.
Otro fragmento verdaderamente notable es el estrecho pasaje rocoso que parece cobrar vida en la fotografía. Inmediatamente evoca asociaciones con el majestuoso cañón del Siq en Jordania, aunque aquí se trata más bien de una ilusión que de un parecido directo. Sin embargo, permanece un hecho innegable: este corredor es demasiado pequeño para ser una garganta natural, y lo que vemos es claramente una construcción hecha por el hombre.
Las menciones a las estructuras subterráneas bajo el Monte del Templo aparecen en las obras de Flavio Josefo y en crónicas medievales. Estos textos describen pasadizos subterráneos, escondites y cisternas que servían para almacenar agua y como refugio en tiempos de asedio. La arqueología oficial confirma la existencia de toda una red de túneles y sistemas hidráulicos, algunos de los cuales permanecen inexplorados. Según los investigadores, estas soluciones de ingeniería indican un alto nivel de organización y la gran relevancia del complejo a lo largo de distintas épocas.
Hoy solo una pequeña parte de los niveles subterráneos está abierta al turismo —en particular, los túneles junto al Muro Occidental, donde se pueden observar la antigua mampostería y los canales de agua. Las expediciones arqueológicas de las últimas décadas han descubierto nuevas galerías, depósitos y restos de salas subterráneas, lo que confirma la complejidad de todo el sistema. Sin embargo, la mayor parte de las zonas permanece cerrada debido a la sensibilidad política y religiosa del lugar: cualquier excavación en el Monte del Templo genera disputas y repercusión internacional. Por ello, las investigaciones se realizan con gran cautela y muchas hipótesis siguen sin respuesta.

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